Inditex: en tiempos de crisis, maquilas asiáticas

El dueño de Inditex, Amancio Ortega, ha sido calificado por Forbes como la tercera fortuna mundial / EFE

El dueño de Inditex, Amancio Ortega, ha sido calificado por Forbes como la tercera fortuna mundial / EFE

Hoy lo conocemos como Inditex, el gran grupo empresarial que ha convertido a su dueño, Amancio Ortega, en el tercer hombre más rico del mundo (según Forbes), pero nació en 1975 en forma de un pequeño comercio llamado Zara en la calle Juan Flórez de A Coruña y fue creciendo hasta convertirse en el gigante que es hoy, con más de seis mil tiendas repartidas por todo el mundo. En 2012, cuando en plena crisis las grandes empresas se veían en apuros para obtener los beneficios de antaño, las ventas de Inditex crecieron un 16%, hasta 15.946 millones de euros y sólo en el primer trimestre de este año han crecido un 5% más (3.593 millones). Pero, ¿a qué precio? Varias ONG internacionales han denunciado el uso de mano de obra barata en muchos países subdesarrollados, como La India y Bangladesh, las maquilas asiáticas que permiten a las multinacionales obtener el máximo beneficio en plena crisis económica.

En enero de este año, siete trabajadoras murieron en un incendio en una fábrica textil de Mohammadpur (Bangladesh), propiedad de Smart Export Garments, donde aparecieron etiquetas de Bershka y Lefties. La planta no tenía licencia para producir para el grupo ni disponía de equipo antiincendios. Inditex se apresuró a negar cualquier relación con la fábrica y aseguró que las etiquetas eran falsas, pero lo cierto es que ésta sí producía prendas para dos de sus proveedores habituales, Wonnover Bangladesh y la subcontratista Centex, con las que la multinacional rompió relaciones de inmediato. Esta falta de control puso de manifiesto el problema de las subcontratas en las maquilas asiáticas, denunciado por muchas organizaciones que acusan al grupo de Amancio Ortega de ser perfectamente consciente de las miserables condiciones laborales a las que están sometidos los trabajadores, la mayoría niñas y mujeres, de esas fábricas al borde del derrumbe. Con este sistema, para Inditex es muy fácil lavarse las manos y delegar toda la responsabilidad en sus proveedores.

Las mujeres y las niñas son las que más sufren la explotación laboral en las "maquilas" asiáticas / Ropa Limpia

Las mujeres y las niñas son las que más sufren la explotación laboral en las “maquilas” asiáticas / Ropa Limpia

Hay que tener en cuenta que Bangladesh se ha convertido en el quinto país de origen de importaciones de ropa en España, que se incrementaron de manera considerable desde el estallido de la crisis. La explicación es fácil: es uno de los países asiáticos con la mano de obra más barata del mundo, junto con China, India y Tailandia. En tiempos de crisis, recursos “prácticos”, aunque el precio sean bajos salarios, condiciones laborales pésimas, jornadas de trabajo de 12 horas, sin seguro médico, acoso sexual, explotación infantil e incluso maltrato físico y psicológico de la gente más pobre de los barrios chabolistas. Ni siquiera se les permite afiliarse a ningún sindicato ya que, si lo hacen, son automáticamente despedidas y perseguidas.

Mucho más abajo, al sur de La India, se encuentra el Estado de Tamil Nadu, donde niñas de entre 14 y 20 años son engañadas para trabajar en fábricas textiles que producen para Inditex, El Corte Inglés y Cortefiel, según denuncia el informe Captured by Cotton. Bajo la promesa de un trabajo “digno”, estas niñas soportan condiciones laborales cercanas a la esclavitud, con jornadas de 72 horas semanales por 0,88 euros diarios, que sólo pueden empezar a cobrar después de 3 o 5 años trabajando y que, por supuesto, sólo pueden destinar a su dote matrimonial (el “seguro de vida” más importante para las chicas pobres -el pago de la dote está prohibido en India desde 1961, pero aún así sigue siendo el pan de cada día para las familias de las zonas rurales, que sacrifican todo lo que tienen para conseguirlo y poder dar a sus hijas un futuro. Eso sí, de la mano de un marido-). Cuando a finales del año pasado un periodista preguntó al presidente de Inditex, Pablo Isla, sobre la explotación infantil en India, éste eludió la respuesta diciendo que el tema estaba “fuera de lugar”. De nuevo, impasibilidad y silencio.

Son muchas, demasiadas, las fábricas que han sufrido incendios, derrumbes y accidentes de todo tipo en los últimos años en el continente asiático -el más reciente el derrumbe del pasado 24 de abril en Bangladesh, en el que murieron al menos 1.127 personas. Amirul Haq Amin, presidente de la Federación Nacional de Trabajadores del Textil, denunció que “es responsabilidad de las multinacionales” y no de sus proveedores “asegurarse de qué fábricas producen sus productos” y en qué condiciones. Por el momento, Inditex ha aceptado firmar un acuerdo para inspeccionar periódicamente las fábricas del país asiático, pero sólo después de toda la presión recibida. Aún así, la responsabilidad sobre los salarios y la explotación sigue en manos de los gobiernos de turno de cada país productor, con lo que las multinacionales pueden seguir lavándose las manos en este aspecto. Inditex podrá escudarse en ser miembro de la Red Pacto Mundial por los Derechos Humanos y que ya rompió contratos con cientos de talleres precarios (atendiendo a las reiteradas peticiones de la ONG Ropa Limpia), pero los números son los números: en plena crisis, la explotación en las maquilas es una garantía de supervivencia para las grandes multinacionales.

CLÁUDIA MORÁN

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